Mostrando entradas con la etiqueta Historias contadas. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Historias contadas. Mostrar todas las entradas

viernes, 7 de febrero de 2014

Una vieja amiga

La vió allí sentada. Sola. Mirando por la ventanilla del avión. Esperando el despegue. Y aunque no era su asiento, se arriesgó a que le llamaran la atención y se sentó a su lado.
No dijo nada. Solo observó. Y pudo ver cómo una lágrima rodaba por su mejilla mientras el avión despegaba. Y no pudo contener más su curiosidad y al fin preguntó:
-¿De visita?

Ella se sobresaltó. Estaba tan metida en su mundo que no se había dado cuenta de que había alguien sentado a su lado. Ni siquiera notó como le observaba mientras despegaban.
-Sí. A ver a una vieja amiga.

A él le sorprendió el brillo que le pareció percibir en sus ojos al hacer la afirmación. Debía de ser una muy buena amiga.
-La echas de menos, por eso lloras.

Lo había afirmado. No había preguntado. Y no pudo contener la sonrisa al darse cuenta de cómo un total extraño podía comprenderle mejor que ella misma.
-Sí. La echo de menos.

Él había visto esa sonrisa. Fugaz pero luminosa. Como un sol. Y se prometió a si mismo que volvería a verla antes de que el avión aterrizara.
-Debe ser una muy buena amiga.
-Mucho. Me acogió cuando no me quedaba nada. Huía y encontré un hogar en ella.

Las lágrimas acudieron a sus ojos y otra lágrima rodó por su mejilla. Él no quería verla llorar, quería volver a ver aquella sonrisa.
-¿Y como se llama?

-Londres. Se llama Londres.

Y ahí volvió esa luz. Sabedora de que solo quedaban minutos para aterrizar en su segundo hogar. Aquél que le abrió los brazos y curó sus heridas cuando nadie más supo.

domingo, 3 de febrero de 2013

Aquella noche

Aquella noche empezó como lo que parecía una noche cualquiera.
Después de la ducha, me deslicé dentro de aquella camisa que ya habías elogiado alguna vez, y me calcé mis botas sobre unos vaqueros que, por qué no decirlo, me sentaban como un guante.
Delante del espejo me dispuse a disfrazar mi cara con eso que llaman maquillaje, y ya peinada y lista, salí a la calle sin olvidar coger una chaqueta que me resguardara del frío.

Me viste llegar. Sé que me viste. Pero hiciste gala de esa indiferencia que tanto me saca de quicio y me diste dos besos en las mejillas que más pareciera que los dieras al viento.
Durante el resto de la noche no me hiciste mucho caso, pero benditos tacones que me hicieron trastabillar.
Fueron tus brazos los que me libraron de la caída, y tu pecho el que me arropó mientras tu voz me preguntaba si estaba bien.
En el momento en que respondí con un sí mirándote a los ojos, algo hizo "clic" y me encontré entre unas manos que se negaban a soltarme.
Cuando, a regañadientes, me alejé de ti, giraste la cabeza y murmuraste algo, desapareciendo entre la muchedumbre que nos rodeaba.

No tardaste en volver. Y cuando lo hiciste, tu mirada era tan fría y calmada que pareciera que minutos antes no hubiera ocurrido absolutamente nada. Yo, sin embargo, no podía apartar aquel momento de mi cabeza. Suerte que el maquillaje impedía que se notara el rubor de de mis mejillas... Por primera vez, le encontraba una utilidad.

En un momento de la noche, no sé si por el alcohol o por lo furiosa que me sentía ante tu máscara de indiferencia, decidí dirigirme a ti y te aparté del grupo con una excusa barata sin la esperada resistencia por tu parte.

Empezaste a caminar por delante de mi, y yo seguí cada uno de tus pasos hasta que perdimos de vista al resto y fue entonces cuando, por fin, quitándote la máscara que te había acompañado durante la noche, me atrajiste hacia ti y, sin mediar palabra, me besaste. Suave al principio, pero cobrando intensidad a cada segundo.
Todo el tiempo que habíamos desperdiciado jugando al ratón y al gato se hizo patente y parecía que quisiéramos recuperarlo en una noche.

Cuando, costándonos un mundo, nos volvimos a separar, regresamos junto al grupo, que parecía no haber reparado en nuestra ausencia.

Ya de recogida, y lejos de querer dar por terminada la noche, me invitaste a ir contigo, esta vez sin excusas baratas.

Mis manos quemaban entre las tuyas. Y cuando llegamos a la puerta, se me hicieron eternos los cinco pisos en ascensor.
No parecía haber nadie en el apartamento. Tus compañeros aún no habrían vuelto. Tanto mejor.
Dejaste mi chaqueta en una percha y te ofreciste a servirme algo. Pero la propuesta quedó en el aire en el momento en que nos miramos a los ojos. Volvieron a saltar chispas, como con aquella mirada tras mi torpeza.

Y ya no había maquillaje ni máscara que valiera. Ya no había ojos curiosos ni miradas ajenas. Ahora éramos tú y yo. Solos. Sin nada que nos separara. Y aquello sabía a gloria sin haberte probado aún.

Te acercaste lento. Muy lento. Demasiado lento. Como si tantearas el terreno. Pero con la seguridad de saberme tuya.
Yo esperaba, impaciente, a que dieras el primer paso, porque el segundo, el tercero, y todos los que se sucedieran, no dependerían solo de ti.

Cuando por fin te acercaste sentí tu calor aún cuando no me tocabas. Alargaste los brazos para cogerme las manos, y en el momento en que nos tocamos y alcé la vista para mirarte de nuevo a los ojos, no hizo falta más.
Me atrajiste hacia ti sin pararte a medir tu fuerza, y acabé otra vez en tus brazos, donde me sostuviste sin dejarme caer.
Por fin tu labios se fundieron con los mios, y entre tus brazos, me dejé llevar por aquél sentimiento que se abría paso dentro de mí.

Tus besos eran cada vez más intensos y empezaba a fallarme la respiración.

Levantándome, me meciste en tus brazos por unos segundos mientras recorrías la distancia que nos separaba de tu habitación, y una vez dentro, cerraste la puerta tras de ti, quedando los dos frente a la cama que esperaba, aún hecha, a que nuestros cuerpos la calentaran.

Me dejaste en el suelo y volviste a besarme. Y esta vez dejé escapar un pequeño gemido que recibiste con una sonrisa.

Entonces, la camisa que con tanto cuidado había escogido horas antes, se convirtió en un estorbo y empezaste a deshacerte de ella mientras yo hacía lo propio con los botones que abrochaban la tuya.

Debajo estaba ese sujetador negro que me habías visto comprar semanas ha, cuando en el aire solo flotaba la palabra "amigos" y te sonreíste al verlo, dejándome a mí con la intriga de "en qué estarías pensando".

Pero no tuve tiempo de averiguarlo, pues tu boca volvió sobre la mía, robándome el aliento y consiguiendo que escapara de mi un nuevo gemido mientras tus manos recorrían mi cuerpo, haciéndome cada vez un poco más tuya. Y entonces, descubriste mi punto débil.

En el momento en que posaste tus labios sobre mi cuello, aquella llama que ya había empezado a arder, se prendió como carbón en la hoguera. Y esta vez tu gemido acompañó al mío cuando eché la mano a la cremallera de mis botas, rozando tu torso desnudo por el camino. Tardé poco en deshacerme de ellas. Y menos aún en quitarme los vaqueros para dejar al descubierto el tanga que hacía juego con el sujetador.

No te hiciste de rogar, y tus pantalones cayeron al suelo entre besos, para ir a parar tus manos al broche de esa prenda que te había sacado una sonrisa.

Terminaste de desnudarme y te desnudaste tú. Y ahora, cuerpo contra cuerpo, piel contra piel, sin nada que nos separara, nos fundimos en uno mientras disfrutábamos de aquella noche que parecía haber empezado como otra cualquiera.

Y me hiciste tuya. Cubriendo de besos cada centímetro de mi piel.

lunes, 28 de enero de 2013

Las promesas hay que cumplirlas. ¡Siempre!

Allí estaba yo. Sin saber cómo resultaría la cosa. Pero se lo había prometido. Le prometí que algún día le visitaría. Y las promesas se cumplen. Siempre.

Di dos pasos para salir del vagón, y mientras las puertas se cerraban a mi espalda, dejé atrás mis cavilaciones y me puse a andar hacia la salida. La decisión estaba tomada, y no había vuelta atrás.

El tren ya se alejaba por la vía mientras yo recorría con la mirada el andén lleno de caras desconocidas. ¿¡Cómo va a estar aquí si ni siquiera sabe que vengo?! Me replico enfurruñada mientras saco de mi bolsillo mi móvil y activo el GPS.

No han pasado ni treinta minutos cuando la flecha azul que indica el camino llega al final de la línea que hay trazada en el mapa. Cierro la aplicación y vuelvo a guardar el móvil, no sin antes echar un vistazo a la hora. Son ya las 3 de la tarde y hace calor para ser enero, así que me desabrocho la chaqueta mientras pulso decidida el botón del telefonillo.

Al otro lado oigo su voz preguntando quién es, y contengo una sonrisa mientras me imagino su cara de "estas no son horas para llamar a una casa". ¡Igual de cascarrabias que siempre!, pienso, y contesto con un "Ana" que deja sin palabras a mi interlocutora.
-¿Qué Ana?
- Tu nieta, abuela. Abre.
Y tras el zumbido, subo los dos pisos en ascensor que me separan de unos brazos abieros que me reciben con un "¡Has venido!"
-Claro que he venido, abuela. Las promesas hay que cumplirlas. Siempre.

jueves, 3 de enero de 2013

Tacirupeca jaro

Rae nau vez Tacirupeca docuan vai por el quebos docuan... "¡Ñoco, ñoco, un bolo que blaha!" Y jodi el bolo: "Geco por see tonimica que es más tocor"... "¡Lalatra, lalatra!" Mop, mop... -"¿Puedese?" +Sí, Tacirupeca. -¡Oh! Talibuea, ¡que osoj tan desgran nestie! +Son rapa tever jorme -¡Oh! Talibuea, ¡que jasore tan desgran nestie! +Son rapa teoir jorme -¡Oh! Talibuea, ¡que cabo tan desgran nestie! +Es rapa temerco jorme. Y el bolo loma se la mioco. FIN



Aunque pueda parecer que es un sinsentido, tiene completo sentido... No se lo encuentras?... Y si te digo que es el cuento de "Caperucita roja"?

miércoles, 21 de noviembre de 2012

Llego en cinco minutos

No había empezado aún a desperezarme cuando me di cuenta de que algo no iba bien. Parecía que hubieran echado las persianas de todas las ventanas; allí no entraba ni una pizca de luz.
Algo había ocurrido... Pero yo no conseguía averiguar qué era ese algo.
Terminé de espabilarme y fue al intentar levantarme para abrir la ventana cuando me dí cuenta: mi cuerpo no respondía.
De repente, como si saltara un resorte que activara un mecanismo, me vino a la mente una imagen del día anterior. Era lo último que recordaba.
Iba de camino al trabajo cuando sonó de nuevo un aviso de mensaje recibido en el móvil. Normalmente no suelo contestar mientras voy conduciendo, pero esta vez era mi jefe diciéndome que llegaba tarde a una reunión muy importante. Me había quedado dormida en casa porque la noche anterior había estado ultimando los detalles de la presentación. Le contesté que iba en camino y volví a dejar el móvil al lado para concentrarme en la carretera.
Después de eso, no recuerdo nada más. Hasta esta mañana que he despertado con esa sensación agobiante de que algo ya no estaba en su sitio. De que faltaba algo.
Quise hablar, abrir los ojos y ver si veia a alguien en la habitación... Pero algo me lo impedía.
Y entonces lo sentí. Una mano. Una mano se aferraba a la mia. Era tan pequeña que solo podía ser de una persona: Ana, mi pequeña Ana, mi niña.
Mientras intentaba devolverle el apretón sin éxito, la oí sollozar y se me partió el alma.
No sabía qué estaba pasando allí, pero oir a mi hija llorar y no poder hacer nada para consolarla me estaba partiendo en dos.
Aún pugnaba por articular un  "no llores" cuando me di cuenta de que ya no estábamos solas en la habitación.
Había dos personas más. A una no la reconocí, pero la voz de la segunda persona era inconfundible. Tantos años compartiendo una vida hacían imposible que no reconociera esa voz, aunque hubiera estado a kilómetros de distancia. Pero había algo que la hacía diferente... Algo que la hacía triste. Tan triste como el llanto que no cesaba a pocos centímetros de mi.
Ahora sí que me sentía morir por dentro, por no poder abrazar a las dos personas más importantes de mi vida y poder consolarles.
De repente, un pitido interrumpió mi lucha interior y, en cuestión de segundos, la actividad en la habitación se intensificó hasta tal punto que ya no podía ni siquiera oir lo que yo misma pensaba.
Sentí como esa pequeña manita luchaba por aferrarse a la mia mientras alguien le obligaba a alejarse.
Y sentí como la voz de mi alma gemela se desgarraba preguntando qué pasaba allí sin obtener respuesta.
En el momento en que consiguieron soltar a Ana de mi mano, todo me empezó a parecer cada vez más lejano.
Ya no oia el pitido, y las voces, poco a poco, se iban apagando.
Ya no sentía la cama, y tampoco me sentía atada a mi cuerpo. Pero ahora podía ver con claridad lo que pasaba a mi alrededor: enfermeras, médicos, máquinas... Pero todo ello se desvaneció ante mis ojos, que ya solo se fijaban en las dos personas que esperaban con caras compungidas junto a la puerta de la habitación.
Quise decirles que les quería, que todo iba a salir bien, que no se preocuparan, que se secaran las lágrimas...
Pero de mi boca no salió ni una sola palabra. Mis labios permanecieron cerrados hasta que una lágrima rodó por mi mejilla, acompañando a las que bañaban la cara de mi pequeña niña y a las que luchaban por aguantar, sin éxito, en los ojos de mi otra mitad, mi compañero, mi vida.
Y fue entonces cuando me di cuenta. Me iba. Ellos se quedarían aquí, pero yo me iba.
Y mi último mensaje en aquél mundo había sido: "Voy de camino, llego en cinco minutos"

jueves, 8 de noviembre de 2012

Ya estuve aquí en otra vida


En el momento en que pisé aquél aeropuerto abarrotado, me di cuenta de la familiaridad con que mis ojos miraban lo que debería ser un nuevo lugar.
Todo estaba donde se suponía que debía estar, y supe llegar a la salida sin más problema que el de ir esquivando gente. Mis pies parecían saberse el camino a recorrer sin necesidad de que mis ojos se posaran apenas en los carteles indicativos.

La entrada al metro fue aún más singular si cabe. Posicionada a la derecha de las escaleras mecánicas por puro instinto, veía pasar apresurada a la gente por mi izquierda.
Azul, verde, amarillo, rojo, marrón, gris, negro, naranja, celeste… Todo ese amasijo de líneas de colores se me antojaba tan sumamente familiar que no tuve problema alguno para orientarme en aquél laberinto que debiera haberme parecido imposible de descifrar.

Sentada en un vagón que se iba llenando por momentos, aquello me resultón tan familiar que hasta la lengua extranjera que allí se hablaba empezó a parecerme mi propio idioma.

El nombre de mi estación de destino y un “Cuidado con el hueco” me acompañaron a través de la puerta que esperaba abierta y que, tras el conocido pitido, quedó cerrada a mi espalda.

Barreras giratorias colocadas al final de escaleras y pasillos interminables me llevaron finalmente a ver a un viejo amigo.
Seguro que lo conocéis… Aunque ahora le han dado otro nombre, para muchos siempre será “El Gran Ben”.

Solo asomarme por la puerta me permite respirar el ambiente y con un par de pasos más, me encuentro a sus pies. Allí está, donde siempre ha estado…

Y bajo la sombra de semejante emblema, me sumerjo en un mundo en el que ya estuve en otra vida.

jueves, 30 de agosto de 2012

Era una turista

Mira por la ventana y ve la calle desierta. No hay ni un alma. ¿Quién va a pasear a esas horas con el calor que hace?

Se asoma al balcón tratando de buscar una corriente de aire, pero no hay forma. Solo siente el calor y el sudor que resbala por su espalda.

Ya va a meterse para dentro cuando la ve, andando calle arriba, sola. No era de allí. Lo sabía por la cámara de fotos que colgaba a su espalda, aunque bien podría haberlo sido.

Desde aquél balcón la observó acercándose.
- Que forma más extraña de llevar una cámara.-pensó.
Había pasado por la cinta el hombro izquierdo y la había llevado hacia atrás para que no le diera golpes en la barriga al andar.

Justo en el momento en que pasó por delante de aquél balcón, los ojos marrones de ella se cruzaron con su mirada desde el otro lado de la calle y fue entonces cuando lo sintió.

-Así que esto es lo que llaman flechazo.

jueves, 16 de agosto de 2012

Sabor a despedida

Estaba allí, sentada en aquél banco que había sido testigo de nuestras charlas. Aquél que nos había visto besarnos por primera vez. Aquél que había compartido risas. Aquél que ahora contaba lágrimas.

No me dijiste adiós. Esa palabra no fue pronunciada en ningún momento. Ni siquiera un "hasta luego" o un "que te vaya bien". Pero tampoco hacía falta que dijeras nada. Tu mirada esquiva reveló tus intenciones.

Aun así, un puñado de palabras vacuas salieron atropelladamente de tu boca, sin darme tiempo a reaccionar ante lo que, irremediablemente se avecinaba.

Y es que antes de que hubieras dicho nada, aquello ya sabía a despedida.

martes, 7 de agosto de 2012

Viaje en tren

Ensimismada como está en su lectura, la gente sube y baja del vagón del tren de manera imperceptible para ella. No presta oídos ni a los avisos por megafonía porque sabe que su parada es la última.

Cuando el tren empieza a frenar, acercándose ya a su destino, Ana divisa una mancha amarilla por el rabillo del ojo que le hace levantar la vista del libro que está leyendo. Un coche.

La carretera corre justo al lado de las vías del tren y el coche, que parece querer ganarle la carrera al tranvía, pasa de largo como un borrón amarillo.

Ya desvelada de su lectura y sabiéndose cerca del final de trayecto, coloca la señal en la página que tiene abierta y guarda a su compañero de viaje en el bolso que descansa sobre su regazo.

Es en ese momento cuando gira la cabeza hacia la ventana que está al otro lado del pasillo y se lo encuentra de bruces: el mar.

domingo, 22 de julio de 2012

A veces necesitamos a alguien


A veces necesitamos a alguien que, al vernos llorar, nos abrace sin pedir explicaciones; sin preguntarnos por qué lloramos. Porque a veces, ni nosotros mismos tenemos muy claro el motivo.

Aquella noche era una de esas veces. Las lágrimas acudieron a sus ojos sin haber sido llamadas, y empezaron a brotar sin cese durante lo que parecieron horas.

Cuando por fin las lágrimas se secaron, se recostó sobre la almohada empapada hasta que el cansancio le venció.

Al día siguiente se levantó con los ojos hinchados y como quien despierta de un mal sueño. Pero no había sido un sueño. Había sido real. Sus mejillas, tirantes por las lágrimas que se habían secado, le recordaban lo pasado la noche anterior.

Lo que habría dado por que alguien hubiera estado allí, a su lado, consolándole, sin pedir explicaciones. Pero era precisamente ese alguien el motivo de su pena.

Se había ido y ya no volvería.

Le había abandonado, sin dar explicaciones. Una nota de adiós en la encimera de la cocina había sido su despedida.

Ya habían pasado varios días y seguía sin dar señales de vida. “Saldré de tu vida por completo” le había dicho en la nota. Y así había sido. Ni una llamada, ni un mensaje… Ni siquiera las personas cercanas a ambos le habían sabido decir nada al respecto.

Se había ido y ya no volvería. Y una parte de sí había muerto con la huida.

lunes, 11 de junio de 2012

Era como gritar en medio de un desierto


Aquella mañana se había despertado con una inquietante sensación de zozobra. No recordaba el sueño, pero la sensación seguía ahí.

Incluso después de ducharse y echarse algo al estómago, seguía notando que algo había cambiado, y no para bien precisamente.

No fue hasta bien entrada la mañana, y ya ante la mesa de la oficina, que se olvidó por fin de aquella extraña sensación de haber perdido algo.

A la noche, ya ni se acordaba de lo acontecido esa misma mañana, y se fue a dormir con mil cosas que ocupaban su cabeza.

Pero a la mañana siguiente, de nuevo le sobrecogió esa sensación al despertar. Era como cuando se sale de un mal sueño, pero también había algo más. Una sensación de ahogo, de pérdida… No sabría describirlo de forma precisa, pero era como gritar en medio de un desierto: Nadie te oye, nadie te ve y nadie puede socorrerte, solo estás tú para ayudarte.

Durante el resto del día siguió dándole vueltas a aquella sensación, pero no había manera de aclararla.

Al día siguiente fue a correr al parque, como cada mañana de sábado. Y entre el verde de los árboles y el brillante sol, por fin lo comprendió. No era que hubiera perdido algo, era que algo le faltaba. Lo supo en cuanto vio a aquellos dos ancianos paseando de la mano. En cuando reparó en la pareja que disfrutaba viendo jugar a los críos en el parque, seguramente soñando con el suyo propio. Y en el momento en que posó sus ojos sobre los dos jóvenes que se hacían confidencias al oído entre risas.

Añoraba poder despertar con alguien a su lado. Tener a una persona que estuviera ahí en los momentos buenos para disfrutarlos juntos y en los malos para apoyarse entre ambos.

Había vivido en soledad durante demasiado tiempo. Obviando algo tan natural como la necesidad de sentirse en compañía.

Ahora lo sabía. Su vida hasta ahora había sido como gritar en medio de un desierto. Pero ahora que había descubierto lo que le acongojaba, ya tenía una brújula con la que guiar sus pasos. Solo le faltaba averiguar en qué dirección estaba el oasis.

martes, 5 de junio de 2012

Me sobra el corazón


Quisiera desprenderme del corazón cada vez que me lastimas. Ese corazón idiota que se enamoró de ti y que, aún hoy, sigue prendado de lo que un día fuiste.

Pero con cada golpe. Con cada insulto. Con cada desprecio. Con cada encontronazo muero un poquito más.

Quisiera poder arrancarme el corazón cada vez que me lastimas, porque así encontraría las fuerzas para huir. Para irme lejos y olvidar las palizas y las malas palabras que me dedicas todos y cada uno de los días.

El único momento de tregua que tengo es cuando, cansado de utilizarme como saco de boxeo, te sientas en el sofá y te quedas dormido. Pero ni aun así descanso, por miedo al momento en que despertarás y volverás a la carga.

Tú y tu borrachera me habéis arruinado la vida. Yo me casé con un hombre que ahora ha desaparecido. ¿Dónde están esas caricias y esos besos que me enamoraron? ¿Dónde las palabras bonitas y los momentos juntos?

Quisiera despegarme el corazón cada vez que me lastimas para que no le hagas más daño. Para poder guardar en él los recuerdos de lo que un día fue y sentir que, al menos por un tiempo, fui feliz.

Si tan solo tuviera fuerzas para dejar atrás el pasado, no me volverías a ver nunca. Pero aún sigo enamorada del hombre que un día fuiste, e ilusa, mantengo la esperanza de que algún día vuelvas a serlo.



"A todas aquellas personas que alguna vez se han visto en esta situación.
Situación que no debería de darse nunca"

lunes, 28 de mayo de 2012

Aquella sonrisa


Entre las cortinas entreabiertas de la venta asoma un rayo de luz que calienta su cara mientras se despereza. Aún medio dormida, recuerda el sueño que le ha hecho despertarse con esa sensación de paz. Esa sensación de tranquilidad con la que rescata de su memoria aquellos momentos de su niñez.

Hace ya tiempo que él se había marchado “a un lugar mejor” le dijeron, pero aun así, no se había quedado tranquila. No pudo despedirse, y eso le pesaba en el alma. Hasta aquella mañana.

Tres semanas después de tener que decirle adiós, había vuelto, en sueños, para darle la oportunidad que el trabajo y los horarios le robaron.

Él la había criado y querido como hija suya. Y aunque últimamente los achaques de la edad le habían agriado un tanto el carácter, para ella siempre tenía esa sonrisa sincera que dejaba al descubierto todos sus dientes. Cada vez que recordaba aquella sonrisa, le venía a la cabeza la conversación que un día, siendo aún pequeña, tuvieron:

- Abuelo, ¿por qué tú tienes todos los dientes, si a los viejitos se les caen?
- Porque yo no soy viejo, Ana.
- Pero un poquito viejo sí que tienes que ser, ¿no ves que eres el papá de mi mamá?
- Pero el ser viejo y cumplir años no significa lo mismo.
- Pero... ¡Eso no puede ser!
- No te preocupes hija, ya lo entenderás.

Ahora recordándole, se daba cuenta de la gran verdad que entrañaban las palabras de su abuelo. Él nunca llegó a ser viejo, solo cumplía años. Porque nunca dejó que su edad le frenara.

Ahora que se había ido, cada vez que ella le recordara, lo haría con esa sonrisa que tanto le gustaba. Esa sonrisa tan poco común de un viejito.

lunes, 7 de mayo de 2012

Te toca. Mueves ficha.


Voy por la calle de camino a casa y me retumba en la cabeza lo que me dijiste antes de despedirnos: “Te toca. Mueves ficha."

Me lo dijiste sin pestañear, y aún no sé a qué te refieres. Le doy vueltas intentando averiguar qué es lo que querías decir con esas enigmáticas palabras, pero sigo sin comprenderlas. ¡Que difíciles sois las mujeres!


Ya me lo decía mi padre cuando discutía con mi madre por cualquier nadería: “Hijo, no intentes nunca entender a las mujeres. No lo vas a conseguir”

Por aquél entonces al que no entendía era a mi padre cuando me decía esto, pero ahora, con el tiempo, me he dado cuenta de que tenía más razón que un santo. No hay quien las entienda.

Ya en mi casa, me acuesto pensando que quizás solo pretendía tomarme el pelo... Aunque no sería propio de Ana.

Caigo rendido y, entre sueños, me olvido completamente de aquellas palabras que, de no ser por el cansancio, me hubieran mantenido en vilo.

Después de aquella noche, no volví a saber nada de ella hasta varios días después. No volvió a llamarme para salir, como hacía todos los viernes desde que nos conocimos. No recibí mensaje alguno ni tampoco recado por parte de ninguno de nuestros conocidos. La llamé, claro que la llamé, para saber cómo estaba, pero nunca me propuso quedar. Llegué a pensar que quizás ya no le interesaba.

Pero yo quería verla, y cada día que pasaba lo deseaba más, así que en una de esas llamadas, fui yo quien se lo propuso.


Cuando te vi doblar la esquina, todas las conversaciones que había ensayado en mi cabeza se esfumaron y me quedé en blanco. Me saludaste, te di dos besos, y al segundo siguiente, me recordaste aquellas palabras que yo ya había olvidado. “Te toca. Mueves ficha”

Esta vez sí que lo entendí. Quizás no las había olvidado del todo y el subconsciente las había estado asimilando hasta dar con la respuesta. O tal vez fue la situación la que lo dejó todo más claro. La cosa es que esta vez te entendí a la perfección, y lancé los dados.

Me acerqué a ti sin pensármelo dos veces y te besé. Debió de ser eso lo que habías querido decirme la última vez, porque me devolviste el beso.

Pero ahora es tu turno. ¿Sigues en el juego?

sábado, 21 de abril de 2012

Las lágrimas recorren sus mejillas, al compás de la lluvia sobre el cristal.


El día, gris, parece acompañar sus sentimientos mientras otea el mundo a través de la ventana. Las lágrimas que empapan sus mejillas se camuflan en su reflejo con las gotas de lluvia que ruedan sobre el cristal.

Su relación con la lluvia era de amor-odio. Le gustaba el repiqueteo de las gotas de agua en el tejado; el sonido acompasado de su caída mientras ella se quedaba en casa, tranquila. Pero si había de ir a cualquier sitio, todo el encanto de los días grises se esfumaba de un soplo y el agua pasaba a ser su peor enemiga.

Aquél día el amor cedía paso al odio, porque le esperaban en unas horas. Ya debería de estar arreglándose, pero le daba una pereza infinita tener que enfrentarse a la lluvia, así que se había sentado allí a contemplar la calle desde su ventana y, perdida en sus pensamientos, no se había dado cuenta de que las lágrimas rodaban por sus mejillas hasta que, al girarse para ver el reloj de su mesilla de noche, notó como una se posaba en el dorso de su mano.

La contempló deslizarse por unos segundos, y, como saliendo de un trance, se puso en pie, se vistió y se dispuso a salir por la puerta, no sin antes echar un vistazo a la casa que, como siempre, se quedaba vacía.

La esperaban allí donde iba. Pero a su vuelta nadie la esperaría.

martes, 17 de abril de 2012

Desasosiego

La definición precisa y exacta es "falta de sosiego", lo que viene a ser inquietud o intranquilidad o, más literalmente, falta de quietud o de tranquilidad.
Y puede que sea eso lo que sentía.
Llevaba una semana viviendo sin vivir, perdida entre el ir y venir de días que no cesaban ni para darle un respiro. Y durante todos esos días, la inquietud no la había abandonado.
Aveces lloraba, otras reía, pero nunca sabía por qué. "Vivo sin vivir en mí" rezan aquellos versos... Y quizás no habría encontrado explicación mejor a sus sentimientos que aquellas cinco palabras.
Era una sensación rara. Como si algo hubiera pasado sin ella darse cuenta y aún siguiera en la inopia.
Los suyos estaban bien, si fuera algo de eso ya se habría enterado, pero seguía habiendo algo que no cuadraba, algo había cambiado.
Allí sentada, devanándose los sesos, no iba a conseguir nada, pero tampoco tenía gana alguna de ponerse en marcha, fuera donde fuera que tenía que ir o fuera lo que fuera lo que tenía que hacer.
Con todo y con eso, por más vueltas que le daba a la cabeza, no conseguía distinguir qué era aquello que la inquietaba... Y al corazón no se atrevía a preguntarle por mierdo a que se desbordara.
Miedo a que se desbordara porque en los últimos años había ido atesorando recuerdos, vivencias, sentimientos que precisamente por ser felices, habían quedado bajo llave para que no levantaran ampollas.
Y aunque no quería regodearse en su desdicha, no encontraba la manera de salir de aquél bosque inmenso en que se había perdido. El camino que le había llevado hasta allí estaba tan oculto entre la maleza que le era imposible retroceder por él. Ahora solo quedaba abrir un nuevo camino, pero lo que se encontraba en frente suya no era más que árboles y matorrales que entorpecían su avance.
Y para colmo, aquél sentimiento de desasosiego que se apoderaba de ella, haciéndole sentirse aún más perdida.
¿Alguien que le preste un hacha?

miércoles, 18 de enero de 2012

Vivir en un sitio concreto

Es triste comprobar cómo vivir en un sitio concreto puede llevarnos a desentendernos de las maravillas que entraña el mismo.

Nadie me puede negar que Londres es una ciudad con mucho encanto, además de conocida, grande, etcétera, etcétera. Es uno de esos sitios de los que parece que nunca puedes cansarte, pues cada día te sorprende con algo nuevo. Y con todo y con eso, me han llegado a decir que con ir tres veces al centro de Londres y ver un puñao de museos y monumentos ya tienen más que de sobra.

Hoy cenando he hecho el comentario que ha llevado a esta respuesta. Respuesta que me ha apenado oír.

Cuando me han dicho las niñas (10 y 12 años) que con las cuatro o cinco veces que han ido a "Central London" ya han visto todo lo que había que ver, me he quedado pensando: hay que ver hasta el punto que nos lleva el vivir en un sitio en concreto.

Hay quien paga por venir a ver Londres, y ellas, que lo tienen a una hora de casa, no tienen interés ninguno por tan bonita ciudad.

Supongo que dan tan por sentado que viven en Londres que no se dan cuenta de lo que esto conlleva.

Yo llevo 7 meses aquí y todos los fines de semana que puedo, me monto en el metro y me voy a "explorar". Me gusta bajarme en una estación y andar sin rumbo fijo mirando aquí y allí. Mirando a mi alrededor. Porque siempre encuentro algo de lo que sorprenderme.

Sin ir más lejos, el domingo pasado me encontré con esta vista del famoso Big Ben y "la noria de Londres" por pura casualidad:


Me bajé en "Waterloo" y, un poco desorientada, para que nos vamos a engañar, emprendí mi caminaren pos de la famosa torre del reloj.

Cuando iba a medio camino entre Waterloo y el río, vi a una mujer haciendo fotos hacia un feo puente que pasaba por encima de la carretera. En ese momento no podía ver a qué hacía fotos realmente, pero seguí andando y entonces lo vi: el London Eye. Y entre los radios que sostienen las cabinas, se alzaba orgulloso el Big Ben. Esto dicho así suena quizás demasiado... rimbombante (ahora buscáis esto en el diccionario a ver si os viene), pero lo cierto es que me impresionó que detrás de un puente tan feo se pudiera alcanzar a ver aquella imagen.

Y a esto es a lo que voy: cada día hay algo nuevo que ver en esta ciudad en la que vivo de prestado, y sin embargo, por el simple echo de vivir a una hora del centro de Londres, hay quien no se fija en lo que tiene justo al lado.

Ahora me pregunto si será igual en mi caso... ¿Quizás los turistas saquen más provecho que yo misma de mi querida ciudad? Espero que no...

martes, 13 de diciembre de 2011

No sé qué pensar

A unos 9 días de mi vuelta a casa por Navidad (sí, como el turrón, todos hemos pensado en lo mismo), me vienen a la mente preguntas estúpidas del tipo de "¿seguirán las cosas igual?" "¿hará frío cuando llegue?" "¿me habrán echado de menos?"... A ver chata si te enteras: las cosas no van a estar igual porque hace ya 6 meses (wow medio año, como pasa el tiempo!) que te fuiste de por allí, frío va a hacer porque será invierno y echarte de menos... Bueno, eso ya se lo dejo a ellos, aunque quiero pensar que sí.

Voy a estar 11 días (en teoría serían 13, pero el día de ida y el de vuelta me los paso en el aeropuerto por culpa del vuelo con escala en Madrid) y ya desde ahora sé que me van a saber a poquísimo.

Ya he dejado dicho en casa que me hagan un puchero en condiciones cuando llegue, y lentejas, y redondillo, y pescaito (guisao, empanao o como se tercie) pero pescao del de verdad, no de ese congelao. Y que se preparen porque na más que pase por una panadería, pienso comprarme una barra de pan en condiciones (ese pan calentito, recién sacao del horno, con su corteza crujientita y su miga... ummmmm) y meterle jamón serrano, que eso es un bocadillo y lo demás son tonterías, no los sandwiches esos que se comen aquí.

En la maleta.... Ay! Madre! La maleta! He tenido que comprar una segunda para poder llevar todo lo que quiero llevarme... Menos mal que no me voy del todo (porque volveré a esta vida de prestao) y que puedo dejar parte de las cosas aquí... Pero 6 meses de pasearse por las calles de Londres pensando "eso le gustaría a fulanito/a" dan para muchos regalos, así que me las estoy viendo y deseando para encajar todo en las dos maletas + equipaje de cabina... Menos mal que con eso de que "las mujeres llevan bolso", tengo sitio extra :P

Las ganas que tengo de irme, son chicas... Supongo yo que ya os haréis una idea...

Me voy con la promesa de que a la vuelta les diré a la familia con la que estoy hasta cuándo me quedo... Y la verdad es que no quiero ni pensar en ello ahora mismo, porque si ahora mismo tuviera que dar una respuesta, cogía la puerta y no volvía... Porque por muy buena gente que sean, el tener que estar llevando una casa para delante CASI yo sola, pues como que no es algo que sea precisamente fácil. Porque los padres están ahí, omnipresentes, pero sin embargo, soy yo la que finalmente tiene que terminar haciendo las cosas. Y de ahí que ya casi me haya olvidado de lo que es tener tiempo para mí misma (y en el blog se refleja).

Si no fuera por esas horitas de los sábados y esos domingos en los que puedo desconectar totalmente la mayoría de las veces, yo ya me habría vuelto loca hace tiempo, encerrada entre estas cuatro paredes sin apenas poder "descansar".

Porque este trabajo es uno de esos 24 horas. En todo momento tengo que estar a disposición de la familia, hasta el punto de que he llegado alguna vez a irme a dormir sin haber cenado en condiciones.

En cualquier caso, yo, ahora mismo, solo pienso en que en unos 9 días me voy de vuelta a España (aunque solo sea por Navidad). Vuelvo a mi tierra, a mi casa... vuelvo a lo mío.

Y a lo que más le temo es a la vuelta.

viernes, 21 de octubre de 2011

Noodles

Sentada en la parada del bus comiendo noodles se me acerca un hombre (chino, para más señas) y me dice:

- Noodles! That looks nice! Are you going chinese?!

Yo, no puedo por más que contestar con una sonrisa, pues me ha dejado sin palabras.

Hace intención de seguir adelante cuando dá media vuelta, se sienta a mi lado, y me dice:

- What it needs is a little bit of soya sauce and some vegetables.
- Soya sauce? - respondo aún sin saber qué pensar de la situación y sin dar con más palabras.
- Yes, soya sauce

Y se levanta para seguir su camino, dejándome a mí con esa sonrisa tonta en la cara que aún no ha desaparecido. Y es que nunca me hubiera imaginado esta escena. Porque esto en mi tierra no pasa. ¡Mira tú por donde que en Londres voy a encontrar algo más que el idioma!

lunes, 16 de mayo de 2011

Desandar el camino andado

Caminaba calle abajo mientras el viento arremolinaba su cabello, e iba pensando en el ir y venir de los días, que parecía que, a antojo de alguien, se alargaban en los peores y se acortaban en los mejores momentos.

Nunca se había planteado pararse a pensar en lo que hacía día a día, pero hoy, quizás por el levante, visitaban su cabeza pensamientos y sentimientos que no podía dejar de lado.

Iba sola, como casi siempre, y eso le daba aún más oportunidades de pensar. De centrarse en lo que le rondaba la cabeza, de sumergirse en sus pensamientos mientras la gente, los coches… Mientras todo pasaba a su alrededor sin que ella apenas se diera cuenta.

Ya llevaba un rato caminando cuando, aún no sabe bien por qué, levantó la vista y se encontró lejos, muy lejos de su casa, lejos de todo. Y al mirar alrededor comprendió:
Tanto se había enfrascado en sus pensamientos y en sí misma que se había desentendido de todo, absolutamente todo lo que le rodeaba. Y ahora no era capaz de dar media vuelta y desandar el camino. Ya no sabía volver a ser la que había sido antes. Ahora estaba aún más sola y no sabía regresar donde estaban los demás…
Solo le quedaba esperar que alguien se percatara de su ausencia y caminara en su busca para brindarle su ayuda.

Porque ella sola ya no podía.

Se había perdido y no había sendero marcado ni mapa en sus bolsillos con el que poder guiarse